Seña de identidad: emigración

Siempre que leía los titulares de France Soír en el café de madame Berger, Álvaro se maravillaba de su obstinada referencia al peligro amarillo y se complacía en imaginar ingeniosas estratagemas de infiltración en el candido y desprevenido Occidente —envío de agitadores miniatura por paquete postal a los apartados de correos, exportación de astutos y sonrientes mayordomos para familias acomodadas del Seiziéme Arrondissement o con el Caballo de Troya de una pacífica peregrinación de millón y medio de chinos a Lourdes, catastróficas predicciones que sazonaba convenientemente con citas de Spengler, Ortega, Keyserling y Denis de Rougemont. A raíz de un viaje de varias semanas a través de Holanda, Bélgica, Suiza y Alemania occidental, en trenes y por estaciones atestadas de emigrantes de Galicia, Extremadura, Castilla o Andalucía, había llegado a la definitiva conclusión que el peligro real no lo constituían los lejanos, remotos e invisibles asiáticos, sino los próximos y cada día más numerosos, llamativos e identificables españoles.
Herederos ilustres de los descubridores del Pacífico y expedicionarios del Orinoco, de los guerreros invictos de México y héroes del Alto Perú, partían a la conquista y redención de la pagana, virgen e inexplorada Europa recorriendo audazmente su vasta y misteriosa geografía sin arredrarse ante fronteras ni obstáculos, émulos de Francisco Pizarro en su temeraria travesía de los Alpes, y de Orellana en su arriesgada exploración del Rin, espeleólogos de negros y profundísimos pozos de las cuencas mineras del Norte, ocupantes de inmensos complejos industriales renanos que parecieran obra de algún resucitado Moctezuma, aventureros procedentes de todos los rincones de España, portadores del bagaje espiritual e histórico de una patria que es unidad de destino en lo universal y madre orgullosa de diecinueve naciones jóvenes que rezan, cantan y se expresan en su idioma.
Como en los tiempos que precedieron a la caída del Imperio Romano, los nuevos y taimados invasores se infiltraban en los países desarrollados del Mercado Común escoltados insidiosamente por un aguerrido ejército de mujeres que, de modo paulatino y sistemático, se adueñaban de las cocinas, roperos y despensas de las diversas burguesias nacionales no monopolistas e imponían por doquiera la paella y el aceite, la sopa de ajo y la sangría, extendiendo por primera vez, tras un eclipse de varios siglos, el empleo cotidiano de la lengua de Cervantes en miles de hogares extraños, prodigioso esfuerzo de irradiación cultural para un país cuya renta anual per cápita no alcanza aún la modesta cifra de veinte mil pesetas.

Cita de Juan Goytisolo, Señas de identidad, 5

Más información sobre la emigración española de los años 60.

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