Seña de identidad: estratos del exilio en París

Los contertulios del café que frecuentaba Álvaro pertenecían aparentemente a una especie distinta. Situado a medio camino del Pont-Neuf y el Carrefour de l’Odéon, sus sucios y resistentes muros adornados con etiquetas y anuncios de Ricard, Suze, Bhyrr, Dubonnet, Cinzano contenían y rebalsaban sucesivas oleadas de emigrantes peninsulares que, arrojados un buen día por los vaivenes y azares de la política, habían sorteado, como en una ingeniosa y diabólica prueba de obstáculos, las carreteras atestadas y los botes archiplenos de la derrota del 39, las alambradas, el hambre y los piojos de Saint-Cyprien y Argelés-sur-Mer, los campos de exterminio nazis y las bombas de fósforo de los americanos, antes de estrellarse definitivamente contra aquellas paredes y varar como viejos navíos encallados cuya vía de agua no tiene arreglo junto a las mesas cubiertas de ceniceros y copas vacías, el mostrador de cinc de madame Berger con sus apergaminados y legendarios crusans, la asmática cafetera elaboradora de insulsos cafécrémes y el amarillento y arrugado cartel con el texto de l’Ivresse Publique.
Según Álvaro había podido observar, los elementos integrantes de cada estrato histórico mantenían un contacto meramente superficial con los individuos de estratos anteriores o posteriores al suyo, obedeciendo a una ley de prioridad implícita pero escrupulosamente respetada. Los miembros de la primera tanda —a la que Álvaro pertenecía— eran emigrados políticos o intelectuales que, por lo común, habían atravesado los Pirineos, con pasaporte o sin él, tras una estancia más o menos larga en Carabanchel o la cárcel Modelo, mediada ya la década de los cincuenta, a consecuencia de su participación en los movimientos estudiantiles o en alguna episódica manifestación de protesta, aureolados por un halo seductor de juvenil y reciente exilio, del que no disfrutaban aquellos que —como el propio Álvaro- se habían expatriado a raíz de una disputa familiar, la pérdida de un empleo o, sencillamente, buscando nuevos y más acogedores horizontes. La segunda capa reunía a los emigrados ya canosos de los años 1944-50, huéspedes de los campos de Albatera o Miranda del Ebro, que habían cruzado clandestinamente la frontera para unirse al maquis francés antes de la fallida tentativa de invasión del valle de Aran o habían huido a uña de caballo al ver pregonada su cabeza como resultado del desmantelamiento y liquidación de la FUE por los agentes de la Brigada Político-Social durante aquellos tristes años de miedo, sequía, hambre y privaciones. El tercer estrato amalgamaba los fugitivos del Perthus y escapados de Alicante, enterrados meses y meses en las playas arenosas del Languedoc, constructores forzosos del Muro del Atlántico salvados milagrosamente de las cámaras de gas de Auschwitz, veteranos combatientes de la perdida guerra civil que miraban a los demás por encima del hombro, como el heredero de vieja fortuna mira al estraperlista enriquecido de la posguerra o el aristócrata de rancia estirpe al negociante ennoblecido por título pontificio o en pago de misteriosos servicios prestados al Régimen. Y, calando en estas tres primeras y más importantes capas , el geólogo interesado hubiera podido descubrir restos de sedimentaciones más añosas que habían ido a posarse en los fondos inexplorados del café tras la durísima represión que siguió a los sucesos de Asturias del año 34 o la lucha contra la Dictadura del general Primo de Rivera, e incluso, conforme Álvaro pudo verificar un día, vestigios aún más preciosos y remotos de las agitaciones sociales del 19 y hasta un fosilizado ejemplar, único en su género, codicia de coleccionistas, expertos e investigadores, superviviente de la memorable Semana Trágica que ensangrentó en 1909 las calles de Barcelona, un arrugado viejecito amigo y discípulo de Francisco Ferrer Guardia que aparecía de vez en cuando por el café de madame Berger, severo y desdeñoso como una divinidad momentáneamente extraviada en medio de una cáfila de arribistas, plebeyos y ruines mortales. Emigrado por antonomasia que había llevado consigo y para siempre el sésamo y llave de la Verdad, abandonando a su miserable suerte a los millones y millones de españoles que, con lamentable obstinación, vivían, crecían y se multiplicaban sobre el árido, espacioso y estéril solar mil veces maldito de la patria.

Cita de Juan Goytisolo, Señas de identidad, 5

mapa_completo del París del exilio

Itinerios del exilio español en París.

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