Tiempo de silencio: gritos experimentales

Luis Martín Santos (1924-1964)

Fue médico psiquiatra y escritor de una gran formación filosófica y literaria. Nació en Larache (Marruecos), vivió en San Sebastián y Madrid, donde se relacionó con escritores como Sánchez Ferlosio, Aldecoa, Sastre o Juan Benet. Falleció en accidente de automóvil  en 1964. Menos conocido es su compromiso político y su militancia clandestina en el Partido Socialista Obrero Español.
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Su obra fundamental es la novela Tiempo de silencio (1962), que supera la estética de la novela social  y utiliza las técnicas narrativas que se habían ensayado en otros idiomas.

  • La comparación con el Ulises de James Joyce no es casual. A semejanza de esta obra, la historia transcurre en apenas tres días (una singladura en el caso de Joyce); pero la trama reconstruye un viaje hasta los abismos y abarca la experiencia vital de muchas personas.No solo inicia el camino de la novela experimental de los años 60 en España, sino que es una de las obras fundamentales del siglo XX.
  • El argumento es simple. Pedro, médico investigador sobre el cáncer, se ve envuelto en el aborto ilegal de una joven chabolista, es detenido y luego exculpado, pero tras el asesinato de su novia en venganza por el aborto, es expulsado de su trabajo y se refugia en el campo como médico rural.
  • El narrador no es omnisciente, como en el siglo XIX, sino que se transforma en un traductor de la mente del protagonista, tanto de su conciencia como sobre todo, de su inconsciente.
  • Es el autor real quien planifica la odisea del personaje a través de los estratos sociales de Madrid (un mísero instituto de investigación oncológica, salones aristocráticos, pensiones, burdeles, chabolas, círculos intelectuales), para darnos una visión enajenada de todo lo deleznable en el casticismo español: el cainismo, la incultura, las miserias sociales, las costumbres bárbaras, la impostura intelectual, la brecha brutal entre un discurso científico que se crea en otros países y la impotencia del investigador español cuando pretende servir a sus semejantes, contra su voluntad.
  • La conclusión es el fracaso del individuo Pedro, pero también de aquella sociedad aherrojada por la Dictadura: su doble moral, su deshumanización, de la que no se libran ni los más insignes intelectuales.
  • En concreto, la crítica mordaz a la figura de Ortega y Gasset, por entonces ya regresado del exilio y entronizado por la clase alta como un gurú, sorprende por su dureza y, a la vez, por su análisis del snobismo en el mundo contemporáneo, sea de Madrid o de Nueva York.
Pero lo más relevante es el dominio del lenguaje. Maneja con fluidez todos los registros idiomáticos: culto, científico, coloquial, jergal. En la estela del esperpento que pasa por Valle Inclán y por Cela (La Colmena), la sociedad estratificada revela un caos surrealista; la crítica contra la falta de sentido se ejerce por medio de la parodia. Valga esta perla:
Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: “Amador”. Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser entendida. He mirado otra vez: “Claro, cancerosa”. Pero, tras las mitosis, la mancha azul se iba extinguiendo. “También se funden estas bombillas, Amador”. No; es que ha pisado el cable. ” ¡Enchufa! “. Está hablando por teléfono. ” ¡Amador! “. Tan gordo, tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve. “No hay más”. “Ya no hay más”. ¡Se acabaron los ratones! El retrato del hombre de la barba, frente a mí, que lo vio todo y que libró al pueblo ibero de su inferioridad nativa ante la ciencia, escrutador e inmóvil, presidiendo la falta de cobayas. Su sonrisa comprensiva y liberadora de la inferioridad explica -comprende- la falta de créditos. Pueblo pobre, pueblo pobre. ¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca, espera que fructifiquen los cerebros y los ríos?
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La película

Su adaptación al cine por Vicente Aranda (1986), con Imanol Arias y Victoria Abril como protagonistas, pone de manifiesto que detrás de un discurso fragmentado y un lenguaje complejo que refleja las formas de locura secular, también se encuentra una historia atractiva y una trama de conflictos entre clases sociales, comparable al realismo folletinesco de Fortunata y Jacinta de Galdós o Mariona Rebull  de Ignacio Agustí (1943).

Por lo demás, la película no sigue las pautas vanguardistas de la novela, a pesar de precedentes como Arrebato de Iván Zulueta pocos años antes, en 1979.

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