José Luis Sampedro, el contador de historias subversivas

Lo quiero muchísimo y aprovecho que dicen que se ha muerto para expresarlo a/en la red y compartir ese amor.

¿Por qué? Tenía veinte años cuando lo conocí. Era el año 87, el siguiente a las huelgas estudiantiles por una reforma que universalizara la educación superior. Organizamos con el equipo de Filosofía y Letras (Miguel Ángel Lozano, el vicedecano de cultura) un ciclo de coloquios sobre la marginación como fuente de creatividad culturaL, siempre en busca de nuevos paradigmas para construir otro mundo posible.

José Luis Sampedro tenía entonces 26 años menos, pero ya era quien era. Una persona real en este mundo donde cuesta diferenciar la realidad de la ficción. Imaginador de ficciones para ser real, economista para ser real. Lo real podrían ser las razones de los pobres, vencidos, silenciados, olvidados. Existen físicamente. No existen en términos macroeconómicos. Necesitan espacios de comunicación, palabra, red, mundo social donde realizarse.

Aquel día nos transmitió cariño personal, vitalismo, lucidez. Cualquiera que lo haya oído o leído lo sabe. No hizo una defensa del realismo social, sino de la imaginación creativa y comprometida con la humana realidad; el pensamiento libre y, sobre todo, las sabidurías del amor.

Lo primero que leí de él fue Octubre, octubre (1982), una novela-río sobre la memoria de varias generaciones que no se suceden: se encuentran. Juntos cambian y aprenden cambiando. Fue el primer título de una trilogía sobre la Historia: “Los círculos del tiempo”, junto con La vieja sirena (1990) Real Sitio (1993). No es casual, sino causado por su personalidad/genio que Sampedro fuera icono del movimiento 15-M y ojalá que también de los futuros.

Antes escribió El río que nos lleva (1961), una aventura llevada al cine por Antonio del Real en 1989, con Alfredo Landa como “El Americano”. Sampedro conoció a los gancheros cuando era niño, en las riberas del Tajo. Él mismo explica que eran “naturaleza humana”, por ser naturaleza y por ser humanos. Su tema local y global es la dignidad humana, lo que permitió a la película, magníficamente realizada, presentarse durante un año por todo el mundo y ser declarada por la UNESCO “de interés mundial”.

Después vino La sonrisa etrusca (1985), donde narra la relación entre un abuelo: Bruno un partisano calabrés, y su nieto nacido en Turín. Localizada en Italia, aunque podría ubicarse en Grecia, Portugal, España, el norte de África, Corea o China; en cualquier sociedad que esté viviendo el paso brusco de las tradiciones hacia la modernidad y que tenga una memoria de la solidaridad ya anciana.

Acerca de su adaptación al teatro por José Carlos Plaza, con Héctor Alterio en el papel de abuelo, dice a la agencia EFE que es “la mariposa que salió del gusano”. “Dentro de cada uno de nosotros hay infinidad de cosas que no llegamos a desarrollar y el verdadero desarrollo está en que cada uno llegue lo más alto posible en su conocimiento.
Este desarrollo y ese intento de perfeccionarnos vendría bien hasta para la economía, porque seríamos más justos más equilibrados y no habría tantos choques entre los que tienen y los que no”. Concluye: “Me alegro muchísimo de haber escritor este libro -subraya- porque contribuye a presentar las delicias de lo sencillo, de lo que es verdad, del amor, del amor del abuelo por el nieto. Hay gente que dice que es demasiado sentimental; pero que piensen lo que quieran. Yo sé que ha emocionado a mucha gente y que sigue haciéndolo”.

Héctor Alterio ofrece su perspectiva sobre el trabajo de dar vida a Bruno y el personaje mismo:

La última novela que leí fue El amante lesbiano (2000): un sueño que evoca muchos sueños (Shakespeare, Kurosawa, la onírica y la erótica feministas). Sampedro rompe con el realismo para expresar un deseo energético y enamorado hasta el surrealismo: darle la vuelta al mundo, revolver las relaciones de género. Lo entendí como una réplica a Sade y a la pornografía machista: ya está bien de explotar el cuerpo de la mujer, seamos explotados por el deseo femenino. Lo más embargante de la obra: la metamorfosis del hombre en mujer.

Sampedro es testimonio vivo de un ser humano capaz de cambiar y contribuir a la superación de cualquier prejuicio por amor: Escribir es vivir (2005), Indignaos y Reacciona (2011). “Soy un aprendiz de mí mismo”, le dice a Juan Ramón Lucas en otra entrevista.

Y yo de usted y de mí.

 

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