Octubre, octubre: el regreso

“Me cuesta reinsertarme aquí, aún no he termi­nado mi readaptación, tampoco la facilita esta gente, no viven el cambio del mundo, siguen en su guerra, no terminó, raro es el día sin alusiones en la prensa, ¡y qué periódicos!, cómo me acuerdo de El Sol, incluso el ABC de entonces, qué ramplonería intelectual esta dictadura, qué chatez de pensamiento creyéndose en posesión de la verdad, el ministro que visita el monasterio gótico conver­tido en Parador de Turismo y aprovecha para atacar a Jruschov; el paso por Barajas de un obispo peruano camino de Roma y que (re­verentemente nos informa la prensa) ha de interrumpir su viaje por una disentería, esas son las noticias, y la reveladora discrimina­ción en las recepciones caudillescas —«audiencia militar» y «audiencia civil», ciudadanos de primera y de segunda—, sólo los anuncios reflejan la vida; pues no digamos el NO-DO, sus resenti­das omisiones de lo que pasa fuera, su triunfalismo al presentar el embalse, gloria de nuestra ingeniería, valladar inexpugnable con­tra el comunismo, y esa obsesión provinciana por lo que dicen de España, la carta del turista escribiendo al Sunday Telegraph lo bien que se alojó en Torremolinos; España, modelo de ley y orden; así se revela la secreta inseguridad de estos triunfadores, por eso no bajan la guardia, a nosotros solamente nos toleran, yo sospechoso, traigo el bacilo de pensar por cuenta propia, puedo contaminar el alma del IDEA, a veces me da risa, qué cerrilismo carpetovetó­nico para repetir que España es diferente, la única esperanza sur­gida en Europa desde Trento, y además ahora el milagro español de la estabilización de 1 959, el mundo exterior enfermo y corrom­pido, aún hay algo peor, esa caridad de cartón piedra para el arre­pentido (eso se me presume al haber vuelto, ¡si supieran! ), lo del Buen Pastor y la oveja negra, pues sí, negra para siempre, no soy redimible sino sólo contratable, rojo per saecula saeculorum , aunque todavía ellos siguen construyendo, ahí en la Moncloa, un templete redondo con ladrillos en cruz y rejas como espadas, otro recuerdo de aquello, será inaugurado cualquier día con chinchín, rataplán y tararí.

Allá ellos, un superviviente no tiene futuro, vivir cada rato apacible, como éste, rasguido de escobas de brezo, crujir de gravilla bajo infrecuentes pasos, alguna voz de jardinero, es temprano para los niños, lejano rodar de autos por Bailén, se queda uno frío y an­dar gusta, el sol dando en lo alto del Palacio Real, allá arriba pe­queñas estatuas, pero hermanas de estas gigantescas en la plaza, Chindasvinto y Witiza, Fruela I y Turismundo, recitados de carre­rilla en el colegio los treinta y tantos reyes godos, qué estúpida en­señanza de la historia, más bien qué inteligente, ocupar la memo­ria con eso escamoteando lo importante, recorro San Quintín y subo hacia el Senado, sede ahora del Movimiento, su tarea frenar el país, ironía del nombre; el muro de la Encarnación, esto era usar bien la piedra y el ladrillo, qué sedante, a pesar del ciprés agresivo, lanzada feroz al cielo, ¿por qué me desazona siempre ese árbol hermético?, ese símbolo fálico, hojas sin estaciones, como el pino, Attis, hijo de hermafrodita y náyade, tan bello que enamora a su pa­dre, que éste le enloquece hasta inducirle a castrarse, muere y resucita como la vegetación tras el invierno, siempre la fertilidad tras la castración y muerte, el ciprés me desazona, su misterio”.

José Luis Sampedro, Octubre, octubre.

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