“Enterrar a los muertos” de la represión estalinista

Acabo de terminar la lectura de un documento histórico, aunque construido con la eficacia de una novela. A semejanza de Crónica de una muerte anunciada, la narración de Ignacio Martínez de Pisón comienza por presentar a un héroe asesinado: José Robles Pazos. Se le acusa de una ignominia: traidor contra la República. En realidad, como el narrador va mostrando a través de muy diversas fuentes, fue la República quien lo traicionó a él.

Su abogado defensor: nada menos que el novelista John Dos Passos, con quien hizo amistad en la Residencia de Estudiantes, a finales de la 1ª Guerra Mundial, cuando ambos eran muy jóvenes. Dos Passos se enamoró de aquella España pobre y libertaria. Robles fue a USA después de terminar sus estudios, durante la dictadura de Primo de Rivera, y se desempeñó profesor -pionero- de literatura española en la Universidad John Hopkins de Baltimore hasta el estallido de la Guerra Civil. Estaba de vacaciones en España con su familia, por lo que decidió ponerse al servicio de la causa republicana y del gobierno legítimo.Todavía esperaban su vuelta cuando fue a aterrizar en su puesto el poeta Pedro Salinas.

Tuvo la desgracia de saber ruso y ejercer como intérprete de los enviados de Stalin al inicio de la guerra. Poco antes que se iniciaran las purgas contra centenares o miles de trotskistas (el POUM), ya lo habían hecho desaparecer y silenciado durante décadas.

Como resultado de esa experiencia, Dos Passos rompió con Hemingway. Son dos figuras destacadas de la literatura mundial, pero el relato de sus desencuentros es lo menos llamativo de la obra. Destaca, sobre todas las cosas, el pulso narrativo para hacer recuento de una tragedia colectiva a partir de unas cuantas vidas cruzadas. El recuento de hechos y palabras no se detiene en el año 1937. Remonta el río de la vida: la familia de Robles. Su hijo apresado, juzgado sumarísimamente, condenado a muerte y luego a cadena perpetua por el franquismo, hasta que, diez años más tarde, pudo salir del país. Su mujer y su hija cruzando la frontera con otro medio millón de personas, exiliadas a México.

Cuando uno termina de leer, vienen a la boca dos versos de sendos poetas chilenos, ambos comprometidos con la República y con la esperanza revolucionaria: “me canso de ser hombre”. “España, aparta de mí este cáliz”.

Luego abro los ojos a la democracia, a las formas de control civil sobre el poder, a los movimientos sociales contra la corrupción de cualquier signo, a la ignominia proyectada sobre los jóvenes de la flauta dulce por rostros que ladran, al juez Garzón exiliado y a millones de desahuciados o parados, a la ausencia y necesidad de formas de control civil sobre el dinero.

Al menos, ya no pueden matarnos.

José Robles Pazos Dos Passos y Hemingway

“Desde París Márgara y Mig­gie viajaron hasta Burdeos, y allí, no sin cierto suspense (Márgara había olvidado en un taxi el pasaje y la docu­mentación, que al final logró recuperar), embarcaron en un buque de la Ward Line con destino a Nueva York. La desolación de Márgara era absoluta: el marido acu­sado de traición y fusilado, el hijo recluido en prisión y condenado a muerte, su propio país clausurado quién sabía por cuánto tiempo, ella y su hija forzadas a una fuga constante… Mientras subía al barco que debía lle­varlas de vuelta a América, Márgara recordaba con lá­grimas en los ojos la última vez que había cruzado ese mismo océano: ¡y pensar que entonces sólo se propo­nían pasar unas simples vacaciones en España!”.

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