He estado dudando si secundar la Huelga General Educativa…

He estado dudando hasta el último momento si secundar la huelga general educativa. Supongo que sería más heroico narrar las causas de una convicción acendrada en las trincheras del no a la ley Wert. Pero prefiero ajustarme a la realidad de la experiencia para ofrecer sustento empírico a quienes dudan.

Comencé por albergar reparos, incluso algo de resentimiento. Habiendo participado en todas las huelgas hasta la fecha, me duele que las cabezas visibles del movimiento no hayan abierto un verdadero debate alternativo acerca de cómo queremos que sea la otra educaciónNo considero suficiente que nos juntemos muchos para hacer bulto.

Me decía en las noches largas, mientras preparaba actividades que no constan ni estarán nunca en un libro de texto: “el cambio se produce cambiando”. Las prácticas que están transformando y abriendo el currículo, con la luz encendida hasta las cuatro o las cinco de la mañana, son más eficaces que un día de luces apagadas en los centros.

Hoy me contesto: hay que frenar la desinversión en el sistema educativo. Algunos gobernantes predican que es posible sacar mejor leche de una vaquita desnutrida o que el secano produce tanto como el regadío. Al principio no se lo creen, pero acaban autoconvencidos si no reciben una réplica adecuada.

Otro motivo de enfriamiento han sido los continuos descensos en el salario, la falta de solidaridad con los despedidos interinos, las reducciones punitivas a los enfermos. Pero nadie podrá negar que la huelga se dirige frontalmente contra tales abusos. Si me enroco y me encierro en el caparazón de un resentimiento sordo por el daño sufrido, acabaré justificando que los demás sufran porque “a mí me pasó antes”. Es como el cuento de Bertolt Brecht pero en versión masoquista.

Precisamente eso es lo que ha ocurrido desde tiempos inmemoriales con las arbitrariedades que se cometen en la selección del profesorado por tribunales sumarísimos, la baremación de méritos por comisiones corporativas, la distribución de plazas sin atención alguna a la mínima coherencia entre el perfil del centro y el perfil de los docentes. Cuando una de esas comisiones rechazó el valor de mis libros en Didáctica de la Lengua y la Literatura, por cuestiones de forma, un compañero me dijo: “A mí no me valoraron un artículo en la revista Science. El sistema es así”. Será, pero ¿debería ser así por siempre? Claro que la didáctica es objeto de odio por funcionarios que, en el fondo, preferirían no ejercer la docencia. Pero eso es arena de otro costal.

No se puede acusar a la LOMCE de los ancestrales trastornos del cuerpo y, por tanto, no entra en el foco de las reivinidicaciones. Todavía no somos conscientes de que un subsistema de pequeñas corrupciones (llamadas y mensajes a los miembros recién elegidos en tribunales y comisiones), lotería (la supuesta neutralidad de los números) y antigüedades (acumula puntos, en vez de buenas prácticas) no asegura la “justicia distributiva”, ni aún menos los buenos resultados. Reina una especie de tolerancia con el mal funcionamiento de una gran parte de los centros educativos. Los recortes solo empeoran la situación. Los “bancos malos” de alumnxs multirrepetidores o problemáticos o trasladados durante el curso de otros centros, que se asignaban tradicionalmente a interinos, antes de despedirlos, este año les “tocan” a quienes tienen menos “años de servicio”. La ideología del “te ha tocado” impide la reflexión sobre cómo se crea un grupo viable en un centro educativo, sea del extrarradio o sea del centro urbano.

¿Será la solución que un equipo directivo pueda elegir al 50% de su plantilla? Si las direcciones fueran seleccionadas por motivos pedagógicos, quizá sirviera como medida de transición, hasta que el 100% de los docentes sean coherentes con el centro y el entorno en que trabajan. Lo que se traduce en que un centro con un proyecto de innovación sea habitado por docentes innovadores y un centro en las Tres Mil Viviendas se configure con docentes formados en la educación social. ¿Parece obvio? Probablemente lo sea, aunque el inconsciente lotero se rebele contra la racionalidad. Así pues, si el aumento de poder de elección y decisión de los equipos directivos no va acompañado de un cambio radical en la formación previa y permanente del profesorado, a semejanza de otros países civilizados, es previsible que aumentará las corruptelas, en vez de hacer más transparente y confiable la práctica educativa en los centros.

¿Qué me faltaba para decidirme? Mis alumnas y alumnos. No me refiero a los más chicos, en 3º ESO, aunque algunos sepan lo que hacen. Son los jóvenes de segundo de Bachillerato, a las puertas de la selectividad (un método a punto de desaparecer) quienes me avisaron: “Mañana vamos a hacer huelga”. No es que deseen mantener la selectividad el curso próximo. Es otra cosa. Ellas y ellos saben que cargan con el peso de unos recortes hechos a mansalva y sin un debate que comprometiera a la comunidad educativa en tiempo de escasez. La Ley Wert viene a justificar lo mal hecho, en vez de planificar los cambios sobre la base de modelos probados. Es una copia desleída de Europa sin lo mejor de Europa.

Por eso y por otras cosas que contaré algún día… Estoy en huelga. Y trabajando 😉

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